lunes, abril 25, 2011

Una hija

Un par de días después quiso volver a hablar conmigo de todo eso, y me llamó. Era para corregir su respuesta. Yo le había preguntado sobre su infancia en la hacienda de su padre, sobre los peones y de cómo él se llevaba con esos peones. Me había dicho cosas, pero quería corregirlas, una especialmente. Lo recuerdo en la mecedora de su cuarto junto al teléfono, mirándome, y yo sentada al borde de su cama. Era en la tarde.

Sí me trataban diferente, me dijo. Me decían "patroncito".

Aquella palabra, aparentemente cariñosa, pero también ordenadora, lo iluminaba todo con una luz distinta. Más cercana a la realidad que aquella de los recuerdos de su infancia, tal vez.

En ese entonces, a padre le faltaban apenas un par de años para entrar a la vejez. En ese tiempo yo no era nada. Apenas la hija extraña que él se esforzaba por aceptar.

He reflexionado mucho sobre eso: el pasado hacendal de mi padre, y de cómo esa herencia ha llegado hasta mí y hasta mis hijos incluso.

De cómo convivimos con la herencia incómoda de nuestros padres.

Pero esa tarde, el mío me dijo eso, ya casi viejo, mirándome de frente y sus ojos eran limpios. "Patroncito", él había sido apenas un niño, y en ese instante yo fui nada más que una hija.

2 Comments:

Blogger jmslayer said...

¡Me gustó mucho este texto!

11:52 p.m.  
Blogger claudia peña claros said...

Gracias por el comentario, te estuve visitando. Me gustó el video sobre abrocharse el cinturón.

7:02 a.m.  

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