sábado, febrero 16, 2008

Volver a estar

Lleva un nombre con eco, el pueblo de mi padre. Moro Moro se dice, convocando los cerros. Soltábamos el agua arriba y bajábamos corriendo, y llegábamos antes que el agua, dice, los labios cerrados él sonríe. Leche con mote en la madrugada, junto a la panza caliente de las vacas. Siendo niña, agarraba él la teta y ordeñaba a mi boca, yo debajo del sol que muge. Después la espuma en mi cara. Este año bailamos en un camino de tierra y en la orquesta era un niño el que tocaba el charango. Desde el ruedo veíamos los cerros quietos. Charo con flores en su sombrero. Amarillas, azules, blancas. ¿Puedo vivir en Moro Moro? Natalia. Mi papá le había dicho que sí. Caminar entre los maizales, triturar el maíz, oler su dulce. Después liarlo entre sus chalas. Humintas. Mi tía Lola hornea chamas, y Natalia quiere quedarse. Adivina las vacas, la leche, mira el parral. La plaza. Y el silencio en la noche. Yo tal vez ya no, pero ella sí, yo sé que ella podría soltar el agua, bajar liviana entre las piedras, pisando el pasto, cuidando la curva, rodeando el árbol, afirmando y soltando, ella suda, y llegar antes abajo para estar ahí cuando toque recibirla.

1 Comments:

Blogger Luna said...

todos tenemos nuestro tiempo..
todos lo disfrutamos a su tiempo...
ahora solo es mejor que queden los recuerdos.

3:06 p.m.  

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