lunes, febrero 12, 2007

Helado de canela

Compra para él un helado de canela. Para mí uno de coco (de leche, le dicen aquí). El que pone el cuerpo llega para mí, con los dos platillos (uno rojo, otro blanco) y se sienta del otro lado de la mesa. La gente lo mira (siempre lo miran, porque tiene en los ojos una como fiera porfiando contra la decencia), y cuando ven que ofrece alimentarme como a una niña, invitándome, aunque yo no se lo haya pedido, una cucharilla de escarlata, sonríen y lo observan divertidos.

Son anchos y sensuales sus labios, rosado claro la lengua cuando los abre. Yo también acerco mi cucharilla al círculo húmedo de su cara. Le veo abrirlo, redondo y excesivo. Después perderíamos mi maleta hasta el día siguiente, me esperaría él en un jardín de pasto y piedras verdes, reiríamos con una niña prestada, nos mojaríamos en la lluvia.

Nos regalaría el cielo un milagro arcoiris sobre una laguna. Pero yo nada sabía entonces de todo aquello. Y pensé, viéndole abrir los labios, que al volver a casa escribiría sobre eso: el rojoblanco penetrando su boca, la luz de su arrojo sucediendo en el mercado.

1 Comments:

Blogger maya said...

Estás enamoradísima. Qué lindo. Y qué bien que escribes.
M.

7:53 p.m.  

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