domingo, septiembre 24, 2006

Reporte

Hoy encontramos una laguna. No era natural, pero tenía el agua liviana y verde. Un muelle de madera penetraba en parte de su cuerpo, y recostada en la última tabla, parecía una estar navegando en su lomo de gigante manso.

Buen lugar para saciar los ojos.

Había renacuajos en la orilla. Cuando Francisco ya estaba mojado, se me ocurrió que sí era una buena idea la suya de sacarse los zapatos y, descalzos, emprender la hazaña de atrapar renacuajos con patas, que eran los más grandes y los más ladinos también.

Natalia descubrió que quedándose quieta, aquellas crías se acercaban, y coleando se prendían a sus pies blancos y sorprendidos.

Así debe sentirse el óvulo: primero inmóvil y silencioso en su redondez, y luego, de a poco, un tremor pequeño y constante viene del afuera, y se extiende incansable, hasta ocupar toda su delgada esfera. Miles de besos diminutos, repetitivos, palpitando para entrar.

¿Cómo distinguirá el óvulo aquél renacuajo, ése preciso, único merecedor de su milagro de agua roja y luz?

1 Comments:

Blogger Ciclista del valle said...

Más ciego que la noche, el óvulo no distingue, sólo se deja entrar. Pero ¿cómo no iba a escoger el huevo? Feynman quiere (cuenta J.Ibáñez) que la luz recorra como onda virtual todos los caminos desde el origen antes de colapsarse como partícula fotón en el destino.

6:00 p.m.  

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