viernes, septiembre 29, 2006

Volver

Ha llegado el momento de recogerme.

En mis manos, la blusa se vuelca sobre sí misma y va subiendo por el torso y mis pechos. Elevo los brazos y ella roza mis codos, las muñecas (dulce beso), hasta salir de mí.

Mis dedos desabotonan el pantalón, que va bajando luego, agotado y soñoliento, palpando muslos y rodillas. Se despiden mis tobillos de aquél abrigo obligado.

A unos metros de mí, escucho el acompasado sueño de tres niños, que tendrán perlado el sudor bajo las narices de queso y gelatina. Pasa la noche calurosa, arrastrando su pesada falda de mosquitos y estrellas. Un reloj en el velador, anunciando discreto la muerte de cada instante.

Desabrocho el corpiño. Suspiro el alivio de la piel liberada. Me quito las bragas y sube hasta mí el dulce vaho de mi cuerpo, distendido y tranquilo.

Mi cama es blanca, inmensa. Me recuesto desnuda en aquella luna aletargada, extensa sobre las sábanas mansas.

Después, mirando el techo, pensando en nada, voy llegando a mí misma y nos ponemos a conversar, como cuando era niña y de repente llegaban otras que sólo yo escuchaba.

Por detrás de aquellas voces está mi cuerpo, que mira cariñoso y calla. Como si un hombre enamorado de mí acariciara mi espalda mientras duermo.

Es de noche. Cuerpo me recibe. Lame mis heridas (todo estará bien).

Estoy conmigo.

1 Comments:

Blogger Marco said...

Dulces sueños.

11:55 a.m.  

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