jueves, diciembre 28, 2006

En el viaje

En la flota de Santa Cruz a Cochabamba ocupo el asiento número 12. De compañera de asiento me toca una monja. Toda de blanco, la falda por debajo de la rodilla, lleva cofia en la cabeza y lentes, es morena, más o menos de mi edad. Ya ha incorporado toda la parsimonia de las esposas de Dios: gesto suave y descansado, hablar lento y considerado. Me imagino que de haber escogido una vida convencional, ahora tendría varios hijos, marido. Seguramente en su vida no habría espacio para las noches silenciosas ni para la soledad.

Apenas empezado el viaje, saca unas medias níveas de su bolso, perfectamente dobladas en tres. Toda una ceremonia para calzárselas sin que se le vean las rodillas y conservando la compostura. Sus esfuerzos sólo logran que repare en sus piernas. Son carnudas y morenas sus pantorrillas. Imagino un hombre gozando esa exhuberancia. Pero no, ella está consagrada. Si hubieran sido mías esas tentaciones…

A mitad del viaje, me despiertan sus afanes. Ya no están las medias inmaculadas, y ella moja una toallita (blanca otra vez) con agua de una botella y se la pone sobre las piernas, a manera de cataplasma.

Tienen calambres los morocos de la monja, y ella está a punto de perder el decoro. Recuerdo en mi mochila el mentisán. Se lo paso. Conocedoras de eso trámites, sus manos masajean y estrujan lo que ningún hombre probó. Poco después retorna al sueño, aliviada.

2 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Este relato me agrada. Creo que todos los seres humanos somos victimas de nuestros instintos que constantemente nos atacan. Pero claro, podemos sobreponernos a ellos.

¿Verdad?

10:56 p.m.  
Blogger claudia peña claros said...

Bueno, a veces también los instintos nos salvan, no? gracias por la visita!

11:37 a.m.  

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