martes, marzo 20, 2007

Caleidoscopio (y azúcar)

Anoche se resbaló de mi mano el frasco de azúcar. Estaba húmedo de refrigerador, porque ahí lo guardamos para que no lo encuentren las hormigas (unas hormigas chiquititas, que se suben a todas partes). Se resbaló y fue a dar contra los azulejos, toda el azúcar (porque estaba lleno) desparramada en el mesón, y yo estaba tan cansada. En lo que se rompía, mis dedos, al intentar detenerlo, apoyados contra las esquinas filosas de lo quebrado. Una herida larga y delgada, que duele y chorrea como si fuera profunda (tal vez lo sea) y peligrosa (no creo). Después veo la sangre que cae, también sobre el mesón. Sobre el suelo, en el lavaplatos. Yo fascinada con todo aquello, tan dramático (mujer sola en su casa muere desangrada un domingo por la noche, vencida por minúsculos gránulos dulces). Pero claro, no: levanto el brazo y la sangre se va cansando de trepar hasta allá arriba para derramarse después hacia abajo. Dejo que se seque en mi dedo, el medio, que luce después manchado de rojo (la cara de los niños, cuando les muestre).

Al día siguiente, el dolor persiste. Tintura de yodo. Y el que escribe me dice que le ponga una ‘e’ a calidoscopio, mi anterior entrada. Así me gusta que diga, c a l e i d o s c o p i o, como cuando era yo niña y era ésta una palabra difícil de pronunciar. La computadora lo corrige: calidoscopio, calidoscopio. Pero yo no obedezco a las máquinas.

Caleidoscopio, a tu salud.

1 Comments:

Blogger Beto Cáceres said...

Acaso un terrón de azucar necesitaba de otros colores, como el caleidoscopio.

8:32 p.m.  

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